Haurchefant, la Espada Plateada
En la lápida conmemorativa situada en un lugar desde el que se podía ver claramente la capital, Ishgard, alguien había apoyado un escudo sin que nadie se diera cuenta.
Negro, con un unicornio rojo… el emblema de la familia Fortemps estaba dibujado en él, y un gran agujero lo atravesaba. No había duda: aquel escudo era suyo. La tristeza por la pérdida de un amigo irremplazable volvió a golpear, y el corazón de Francel crujió de dolor.
—Desde luego, siempre fuiste así… —murmuró.
Las flores que había traído como ofrenda las tenía ahora apretadas en la mano, aplastadas.
La primera vez que lo conoció fue hace 15… no, 16 años.
Francel tenía entonces seis años, y su padre lo llevó a un banquete organizado por el conde de Fortemps para presentarlo en sociedad.
Para el joven Francel, aquel banquete, lleno de nobles influyentes y saludos repetitivos que debía memorizar y recitar, resultaba insoportable. La tensión era extrema, y cuando terminó la ronda de presentaciones, estaba exhausto.
Suplicó a su padre que le dejara salir a tomar aire fuera del palacio, y su padre, ya empezando a embriagarse, accedió de inmediato. Aprovechando la ocasión, Francel se llevó de la mesa un plato de su pudding favorito y salió sigilosamente.
—¡Hmph! ¡Ya! ¡Haa!
Cerca del pabellón del conde Fortemps, donde pensaba disfrutar de su festín, se encontró con un visitante extraño: un chico sin camiseta entrenando con una espada de madera.
—Oye, ¿qué estás haciendo? —preguntó Francel sin pensarlo.
El chico, sorprendido por aquel inesperado invitado, respondió secamente:
—¿Qué qué hago…? Entrenar con la espada. ¿No lo ves?
Francel, siendo niño, había asumido que los banquetes eran algo que fascinaba a la gente. Por eso le sorprendió encontrar a alguien más que, como él, había escapado del salón.
—Pero hoy hay un banquete... —replicó.
—Eso a mí no me importa. La señora… la condesa de Fortemps no quiere que yo asista. Mi padre dijo que no habría problema, pero yo... prefiero entrenar. Para ser un buen caballero, necesito dominar la espada.
Francel era demasiado pequeño para entender que Haurchefant, el chico de cabello plateado, era hijo ilegítimo del conde de Fortemps y rechazado por la condesa. Por eso lo vio simplemente como alguien que, al igual que él, odiaba los banquetes, y sintió una inmediata simpatía.
—Entonces, ¿quieres comer pudding conmigo? Está riquísimo.
Haurchefant levantó una ceja, como diciendo “¿pero qué te pasa?”.
Así fue como se conocieron y se hicieron amigos.
Eran dos jóvenes totalmente opuestos. Lo único que compartían era ser hijos de nobles de renombre, aunque con claras diferencias: Francel era hijo legítimo, Haurchefant ilegítimo. Francel era callado y amante de los libros; Haurchefant valiente y amante de la espada. Además, había seis años de diferencia y también un contraste físico notable.
Pero extrañamente congeniaron. Francel admiraba la fuerza de Haurchefant, y Haurchefant se sentía reconfortado por la bondad de Francel. Para aquel hijo ilegítimo, constantemente vigilado por su madrastra, Francel se convirtió en uno de los pocos amigos de confianza.
Cinco años después de su encuentro, un cambio importante ocurrió.
Ese día, Francel, ya de once años, acompañaba a su padre a la tradicional cacería de nobles en el lago Darkscale, en las tierras bajas del este de Coerthas. La caza, a lomos de chocobos, era tanto un entretenimiento como una oportunidad de interacción entre nobles, además de un entrenamiento militar en equitación y coordinación.
El padre de Francel le daba consejos constantemente para que consiguiera su propia hazaña y ganara confianza.
—Observa el movimiento del halcón. Allí abajo está la presa acosada por los jinetes.
Francel, decidido a no avergonzar a su padre, montó su chocobo y se lanzó hacia los bosques junto al lago. Su destreza con la espada no era gran cosa, pero gracias a Haurchefant había mejorado mucho en equitación. Su chocobo se movía ágilmente y pronto se separó de los demás jinetes.
Entonces vio que unos pájaros levantaban el vuelo entre los árboles:
—¡Ahí hay algo!
Pero en lugar de una presa, lo que esperaba a Francel eran criminales que planeaban secuestrarlo para pedir un rescate. En un instante, tres hombres lo rodearon y lo noquearon con garrotes.
Cuando despertó, tenía las manos atadas y un trapo sucio en la boca. Estaba en una cabaña de montaña, de las que usan los cazadores o leñadores, pero no sabía dónde exactamente.
—¿Has despertado, mocoso? Quédate quieto…
A pesar de la amenaza trillada, el miedo paralizó a Francel. Pensaba que los jinetes de su padre llegarían pronto, pero el terror no lo dejaba tranquilo.
De repente, la puerta se rompió y algo cayó al interior.
—¡¿Qué…?!
Los criminales se giraron y frente a ellos estaba un chico de cabello plateado, con un pequeño cuchillo de caza manchado de sangre. Uno de sus compañeros yacía herido en el suelo.
—¡Pagarás por eso!
El hombre atacó con un garrote, pero Haurchefant esquivó con facilidad y contraatacó. El grito del criminal se mezcló con un chorro de sangre mientras su garrote caía al suelo.
Haurchefant había sido alertado del peligro y acudió rápidamente.
—¡Ya estás a salvo Francel!
Al ser liberado, Francel gritó:
—¡No son solo dos, hay un tercero!
Pero era demasiado tarde: el tercer hombre apareció con un arco.
—¡No habrá rescate… os mataré ahora mismo!
Francel percibió cómo la flecha disparada se acercaba, avanzando de manera extrañamente lenta.
—¡Cuidado!
Parpadeó y abrió los ojos con cautela, y para su sorpresa, todo había terminado.
¿Qué había sucedido exactamente?
—Ahora sí, ya estás a salvo —dijo Haurchefant.
El hombre que portaba el arco yacía en el suelo, sangrando. Y en el brazo izquierdo de Haurchefant, estaba clavada profundamente una flecha .
—Habría sido mejor tener un escudo —comentó él—.
Haurchefant había recibido la flecha con su propio brazo y, sin dudar, había contraatacado, protegiendo a Francel con su cuerpo. La valentía y decisión del joven dejaron a Francel completamente impresionado.
Así terminó el secuestro del cuarto hijo de la familia Haillenarte.
Más tarde, uno de los criminales supervivientes declaró que un “caballero de cabello plateado” los había derrotado. La confusión hizo que Haurchefant, sin ser caballero ni tener espada de verdad, recibiera el título de caballero y el apodo de “Espada Plateada” por salvar a Francel.
Cuando Francel fue a felicitarlo y darle las gracias, Haurchefant respondió sonriendo:
—Un buen caballero lucha por su gente y por sus amigos… eso es todo.
Como siempre, traducción hecha desde el Japonés.


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