
Buscando estrellas entre las nubes
Nubes negras y pesadas cubrÃan el cielo de AlexandrÃa.
Los rostros de quienes transitaban también estaban ensombrecidos, como si todo el reino hubiera sido tragado por una noche eterna sin amanecer, pensó ella —Zelenia Triantafylli, la caballera tuerta.
La gente portaba flores blancas en sus manos, formando una procesión que parecÃa un hilo de luz flotando en la oscuridad.
Pero todos sabÃan que lo que aguardaba al final de ese camino no era una esperanza radiante.
El aire estaba cargado con la sofocante fragancia de las flores y con lamentos que resonaban en el gélido castillo real. Allà reposaba el féretro que contenÃa a la reina, la amada soberana de AlexandrÃa, Sphene Alexandros XIV, que habÃa entrado en su sueño eterno.
—¿Qué será de nosotros ahora, sin su majestad Sphene…?
El que murmuró aquello era un hombre corpulento, enfundado en una armadura de acero gris.
Su voz, inusualmente débil y apagada, hizo que Zelenia suspirara mientras se sujetaba con la mano el cabello castaño, que el húmedo viento hacÃa ondear.
—Proteger este reino que ella tanto amó, ese es precisamente nuestro deber.
Recobre el ánimo, comandante.
—Lo sé, lo sé… ¡pero aun asÃ…!

Otis Velona, el comandante de la Orden de Caballeros del Reino de AlexandrÃa, interrumpió sus palabras con un rostro cargado de dolor.
Zelenia, que permanecÃa a su lado como subcomandante, también permaneció en silencio, contemplando a las personas que se abrazaban entre lágrimas mientras su mente viajaba por los recuerdos que compartÃa con su señora.
Recordó el dÃa en que se convirtió en la guardiana de la princesa Sphene y cómo ella le sonrió, feliz como si hubiera ganado una hermana mayor. Ese dÃa juró firmemente que la protegerÃa a toda costa.
Recordó también el momento en que Sphene ascendió al trono sin tiempo siquiera de llorar la pérdida de sus padres, y cómo Zelenia acariciaba su espalda temblorosa, renovando su determinación de apoyarla más que nunca.
Cuanto más rememoraba, más le dolÃa el corazón, pero aun asà Zelenia no perdió su porte digno y sereno.
Porque aún no podÃa permitirse derramar lágrimas… quedaba una razón: una “pregunta” que debÃa resolver.
Era como un presentimiento, un aviso instintivo afinado en el fragor de la batalla.
O quizá solo el intento de negar la muerte de su señora.
Fuera como fuese, esa sucesión de pequeñas dudas habÃa acabado por tomar forma, empujándola a hacerse una sola pregunta:
¿De verdad habÃa muerto su majestad Sphene?
─── ❖ ── ✦ ── ❖ ────── ❖ ── ✦ ── ❖ ────── ❖ ── ✦ ── ❖ ────── ❖ ── ✦ ──
Retrocedamos unos dÃas antes del funeral.
Zelenia caminaba junto a Otis por el castillo, de camino a visitar a Sphene. Mientras ajustaban los detalles del informe sobre los daños causados por la guerra, los múltiples desastres y los avances en las tareas de rescate y reconstrucción, llegaron frente a los aposentos privados de la reina.
Allà encontraron a un hombre esperando: Tuphut, un Milala que ejercÃa como tutor real. ParecÃa incómodo, y explicó que también habÃa ido a visitarla, pero que las doncellas le habÃan prohibido la entrada.
Al poco rato, salió la doctora de cabecera de la reina, Thundran. Otis la detuvo para preguntarle qué ocurrÃa.
Ella bajó la mirada, titubeó, y con voz apagada anunció que la soberana habÃa fallecido.
—¿Ha... muerto? ¿Su majestad Sphene…?
—SÃ. Por eso no puedo permitirles la entrada.
Por favor, retÃrense. Y les ruego que no comenten nada hasta que se haga un anuncio oficial.
Thundran echó un vistazo a Tuphut, que habÃa quedado conmocionado murmurando “no puede ser… ¿cómo…?”, y se alejó con paso apresurado.
Otis cayó de rodillas en el frÃo pasillo de piedra. Zelenia, en cambio, se quedó de pie, muda. Pero su mente conservaba un atisbo de lucidez, y no podÃa evitar preguntarse si los sÃntomas que afectaban a la reina podrÃan provocar una muerte tan súbita.
Desde el final de la Gran Guerra del Relámpago, habÃan aumentado en AlexandrÃa los casos de gente cuyo éter interno se desequilibraba hacia el elemento rayo, provocando parálisis y dejando a muchos caballeros retirados. El avance era lento pero inexorable: poco a poco perdÃan fuerza, hasta que comer, respirar y, finalmente, vivir se hacÃa imposible.
Nunca habÃa escuchado de muertes repentinas.
Sphene habÃa ido perdiendo facultades, sÃ. Ya no podÃa moverse por sà misma, pero seguÃa despertando cada mañana, dormÃa al caer la noche, y aunque apenas podÃa hablar, su mirada seguÃa transmitiendo todo.
Y Zelenia lo habÃa visto hacÃa apenas unos dÃas.
¿Cómo aceptar, entonces, que hubiera muerto tan de golpe?
Y habÃa otro detalle que la inquietaba, pero la única persona a quien podÃa preguntarle ya habÃa desaparecido del pasillo.
Pasaron seis años desde el funeral.
El reino, sin monarca, sobrevivÃa como podÃa gracias al ascenso de la organización de desarrollo tecnológico conocida como "Preservación".
Los caballeros estaban más ocupados que nunca, y Zelenia también se encontraba abrumada por sus deberes diarios, pero finalmente tuvo la oportunidad de enfrentar las dudas que habÃa dejado pendientes. Ese dÃa volvió a encontrarse con el hombre que estuvo allà cuando recibió la noticia de la muerte de su amada señora: Tuphut.
Tras la muerte de Sphene, Tuphut habÃa ingresado en Preservación y siempre evitó verla, sin importar cuántas veces Zelenia solicitara una audiencia. Ahora corrÃa el rumor de que regresarÃa a su tierra natal, y Zelenia decidió interceptarlo en la estación de carruajes de hierro.
—Por fin nos encontramos. Llevo años esperando poder hacerle esta pregunta.
—¿Qué… qué quiere decir? —Tuphut estaba visiblemente nervioso.
—El dÃa en que nos comunicaron la muerte de su majestad Sphene, usted dijo: “¿Cómo es posible…?”. ¿Por qué?
—Zelenia… El camino que intentáis tomar está lleno de espinas. Os aconsejo que lo abandonéis.
Pero la mirada firme de Zelenia le obligó a rendirse y con un suspiro, prosiguió:
—Mi patria no ha logrado erigir barreras contra el éter de rayo. Por eso necesito llevarles la tecnologÃa necesaria. Aunque lo que propuse haya acabado usándose de formas que no esperaba, aunque se haya aplazado un problema sin solución, no estoy en posición de quejarme.
—¿De qué estáis hablando?
Tuphut calló, cabizbajo.
En un entorno donde el éter de rayo se intensifica cada dÃa, la existencia de barreras puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. En ese sentido, Alexandria habÃa sido privilegiada desde siempre: protegida por barreras incluso antes de la Gran Guerra del Relámpago, y fortalecidas por Preservación tras los desastres recientes.
Es decir, que la tecnologÃa que Tuphut querÃa llevarse era la de Preservación. Él conocÃa ciertos detalles, pero estaba obviamente evitando explicarlos. Además, no parecÃa posible cuestionar ni siquiera el origen de esa tecnologÃa.
Zelenia no querÃa desconfiar de Preservación, que trabajaba por el bien del pueblo, pero las palabras de Tuphut sugerÃan claramente que ocultaban algo.
Y, sobre todo, si estaban implicados en la muerte de Sphene, tal vez pudiera responder a su pregunta sobre si ella realmente habÃa muerto…
—Mi tierra natal, Treno, no pertenece a AlexandrÃa.
Aun asÃ, Zelenia, durante el desastre que vivimos, vos enviasteis tropas y apoyasteis a mis compatriotas. Siempre os estaré profundamente agradecido, más por eso me preocupa vuestro bienestar… por favor, entendedlo.
La pequeña espalda dio media vuelta y se alejó hacia la estación del carruaje de hierro.
Zelenia lo siguió con la mirada hasta que desapareció completamente.
Si sus palabras y su interpretación eran correctas, Zelenia concluyó que no le quedaba otra opción más que seguirle la pista a Preservación.
También entendÃa lo peligroso que serÃa enfrentarse a ellos, ahora que gozaban del apoyo del pueblo.
No podÃa involucrar a la caballerÃa, ni siquiera a Otis.
Y asÃ, para honrar el recuerdo de la reina a la que no podÃa olvidar, Zelenia decidió actuar sola, sin titubear.
─── ❖ ── ✦ ── ❖ ────── ❖ ── ✦ ── ❖ ────── ❖ ── ✦ ── ❖ ────── ❖ ── ✦ ──
Cinco años más tarde, Zelenia seguÃa investigando en solitario. Rastrear la información oculta resultaba una tarea agotadora, y cualquier pista que lograba conseguir desaparecÃa mientras estaba atrapada en sus deberes. Tras repetir esta frustración una y otra vez, finalmente se encontró caminando sola por el interior del castillo.
Este lugar, ahora bajo control de Preservación, estaba restringido incluso para los caballeros del reino. Las viejas galerÃas subterráneas que habÃa investigado para infiltrarse en secreto estaban casi anegadas por las lluvias interminables pero, aun asÃ, con obstinación, logró descubrir un acceso. Llegó asà hasta la sala del trono.
El aroma a flores que habÃa inundado una vez el castillo durante el funeral ya no estaba. Solo resonaban sus pasos y el zumbido de la maquinaria.
Cables eléctricos convergÃan en una especie de sarcófago metálico situado en el centro y dentro, yacÃa Sphene, exactamente igual que el último dÃa que la vio.
—Mi señora Sphene…
Los dedos temblorosos de Zelenia examinaron la máquina con delicadeza.
AlegrÃa, incertidumbre, tensión… Consiguió contener con racionalidad la tormenta de emociones en su pecho mientras comenzaba a inspeccionar el aparato.
—Un circuito mágico que convierte el éter de atributo rayo en hielo… ¿la mantiene dormida en estado de criogenización para prolongar su vida?
Todo encajaba con lo que Tuphut habÃa dicho.
Si apagaba el dispositivo, Sphene despertarÃa.
Pero como no existÃa cura, ese despertar equivaldrÃa a su muerte.
Sintió una presencia detrás de ella y se dio cuenta, con un suspiro amargo, de que estaba completamente atrapada. Al girarse vio a Thundran, quien antaño fuera la doctora de cabecera de la reina, acompañada por armas autónomas de Preservación.
Llegar hasta Sphene no fue gracias a que Zelenia hubiera logrado evadir a Preservación; comprendió en ese momento que habÃa sido deliberadamente guiada hasta allà para poner fin a la agotadora guerra de información entre ellos.
—Tengo dos preguntas. Primero: ¿esto es lo que deseaba mi señora Sphene?
—Qué tonterÃa. En ese estado, sin poder hablar, ¿para qué pedirle opinión?
La ira brotó en Zelenia. Sphene sà respondÃa. Con la mirada. Con su voluntad. Negarle eso era alta traición. Pero ya era tarde para discutirlo. Respiró hondo y calmó su enojo hacia Thundran.
—Entonces, ¿cuál es el propósito de mantenerla dormida? No parece que estéis investigando un remedio.
—Para conservar su memoria. Con eso, vivirá eternamente, según “él”.
Al principio pensábamos extraer sus recuerdos y destruir el cuerpo pero, para almacenar la memoria de forma más segura y confiable, se optó por este método.
Zelenia se estremeció. ExistÃa un antiguo dicho: Mientras la memoria perdure, la vida nunca termina.
Pero no se trataba de eso. Preservación estaba jugando con la memoria como si fuera un simple dato.
—TenÃais dos preguntas, ¿no es asÃ?
Las armas la apuntaron. Zelenia podÃa luchar, podÃa huir.
Pero detrás estaba Sphene. No podÃa arriesgarse.
Apretó el puño, bajó la mano de la espada y aceptó el golpe que la hizo caer.
En el suelo, con la vista nublada, se preguntó si habÃa hecho bien al no detener el dispositivo.
Aunque nubes negras cubran el cielo, siempre queda la esperanza de hallar una estrella entre ellas.
Con la esperanza de que algún dÃa esa débil luz guiase a su señora y lágrimas en las mejillas Zelenia cerró los ojos y se entregó a la oscuridad.

Como siempre, traducción hecha desde el Japonés.
0 Comentarios